Caminas junto a él, como si la noche les perteneciera, llueve, hace frío, las luces son pálidas, se acercan para alejar el frío, para que sea más cálida el área que abarca la sombrilla. Te detienes, peleas, usando el enojo de aquel beso cómo excusa para que el momento perdure en el tiempo, él no imagina lo que estas sintiendo, el placer de divisar un sendero roto, húmedo, vacío, que se limita por troncos opacos, hierba seca y hojas, encontrar un pedacito de sueño lúgubre en el maremoto que produce la ciudad, has tenido suficiente para que quede grabado en tu memoria y tal vez en tu alma, caminas con calma y enciendes un cigarrillo, la vieja afición al humo y a las gotas frías, te sientes tan completa en medio de la soledad y la oscuridad, y solo quieres compartir esos instantes con él. Suben las escaleras resbaladizas, con miedo a caer, mientras conversan y de repente, es increíble, en un mismo día, dos sucesos memorables, el puente esta vacío, no hay transeúntes afanados en las aceras, podrías tomar una fotografía, pero es tan agradable que no quieres dañarlo, tampoco quieres perderte algún segundo, observas las hojas brillantes de los árboles, el destello de las farolas, la avalancha de autos, cómo si vinieran hacía ti, cómo si todo fuese una espiral y todo allí valiera la pena, hasta amar o dejarse caer justo ahí.
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